El fantasma del Luna Park

Mendocino y buen amigo, fiel al vino y al tabaco; un mal ejemplo para un buen deportista. Nicolino Locche era Chaplin. No pegaba, pero no se dejaba pegar. Sin embargo cuando hizo falta, le dio una paliza a Paul Fuji, para consagrarse campeón del  mundo de los superligero. Retacón y semicalvo, tenía pinta de cualquier cosa menos de boxeador. Era gracioso y en el ring hacía reír. Su concierto de fintas, visteos, esquives y bloqueos, ridiculizaban de tal forma a sus rivales que la gente se desternillaba de risa en la popu o el ring side. Nicolino era único, llevó a las mujeres y a los niños al Luna Park. Transformó al boxeo en un espectáculo acorde a la calle Corrientes. Sin sangre y con estética. Es verdad que el Luna está en Corrientes y Bouchard, no en Corrientes y 9 de Julio. El Luna está en el Bajo porteño. En el bajo de ayer, no en el Puerto Madero de hoy. El bajo del circo y los cabarets, del arrabal y los malevos. Locche iluminó el bajo y lo llenó de bohemia. Volvieron los famosos y las famosas a las butacas donde se conocieron Perón y Evita; donde Gatica noqueó a Tompson y sufrió con Prada. Donde el Mono se puso las tiras y midió su popularidad con El General. “Nico, Nico, Nico” coreaban todos. Porque Locche era unánime, de platea y gallinero. El último ídolo del boxeo argentino.

Sin pasión, ni razón, ni disimulo: un distinto. Propietario de un estilo que no se regala ni se presta ni se enseña. Hizo 136 peleas y solo perdió cuatro. Tal vez la más dura fue contra el EPOC, pero no se acobardó. Los que amamos la ciencia y la experiencia, la ética y la estética de sus reflejos no le perdonaremos que no haya podido hacerle cintura al faso, que le ganó por nocaut.

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