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A destiempo

El justiciero

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Marcos amaba el fútbol. Era el chico que más amaba este deporte, en todo el pueblo. Vivía para el fútbol. Se levantaba pensando en escaparse del colegio para ir a correr detrás de la vieja pelota. El descampado de unas cuadras de distancia de su casa, era el coliseo donde un grupo de amigos, se juntaba a patear. Marcos no quería perder. No soportaba perder. Era un competidor nato.

Un día cualquiera, Don Franco golpeó las manos de la casa de Marcos y le pidió al padre, que dejara al joven formar parte de la escuela de fútbol que tenía. Le contó, que la Escuela participaba de una competencia que albergaba a todas las instituciones de la zona. Marcos aprendería a competir de verdad, dónde ganar y perder son monedas corrientes y podía ayudarlo con su carácter. El padre aceptó, siempre y cuando Marcos quisiera jugar y el pibe no lo dudo ni por un segundo.

Empezó a ir a la Escuela y entrenar sin parar. Esfuerzo en la parte física y dedicación y talento a la hora de jugar. Comenzó a amar la casaca Roja, pero no más que al fútbol. En el primer partido oficial, Marcos estaba nervioso. Para el era como debutar en un mundial. El partido fue parejo. Hasta que el pibe tomó un rebote tras un córner y desde fuera del área puso el 1-0. Todo era felicidad. Era más de lo que podía soñar. Pero faltando unos segundos, el delantero rival detuvo un centro con el brazo, dejando la pelota justa para su derecha y empató el partido. Para Marcos el mundo se vino abajo.

No podía creer que el referí no haya visto la infracción y desaforadamente se le fue encima. Nadie sabe de dónde aprendió tantas malas palabras, pero tal fue el tenor de los insultos, que la federación lo expulsó para siempre.

Marcos explicó que no soportó la injusticia. Que el fútbol no merece ser ensuciado por actos fallidos y menos, por arreglos ocultos, si es que los hay. Desde ese día, Marcos decidió ser árbitro. Pero no cualquier Árbitro, el mejor de todos. El pibe se hizo grande y como árbitro comenzó una carrera ascendente. No sé aceptaba equivocarse y eso lo llevaba al límite de la perfección. Empezó a dirigir en otros pueblos y su fama se hizo grande. Tan famoso fue, que se fue a dirigir a la capital y estaba en la cúspide de su carrera.

Era tan conocida su independencia y justicia que la Liga Nacional lo eligió para final del torneo. Solo los elegidos llegaban ahí. Marcos jugaba el partido de su vida. Era la segunda final del torneo Nacional. Atlético visitaba a Deportivo y tenía el 1-0 a su favor. El empate lo consagraba campeón. El 0-1 llevaba a tercer partido. Faltaban segundos y el delantero del Deportivo bajó un centro para su derecha y puso el gol del triunfo. Pero Marcos no señala la mitad de cancha, el pitazo cobra tiro libre indirecto. Cobró mano. Era la misma mano que lo llevó a convertirse en árbitro y el estaba haciendo justicia.

Atlético fue campeón Nacional. La TV mostró que el delantero del Depo la había bajado con el pecho y todos los programas hablaban del árbitro. Si era un incapaz o lo pusieron porque respondía a intereses de alguien en particular. Meses hablando de eso, pero de Marcos no se supo más nada. Algunos dicen que se fue a un pueblito alejado y trabaja en un almacén. Ya no juega al fútbol, ni arbitra y menos lo mira por TV. El quiso ser un justiciero, el justiciero del fútbol. Cuando en realidad lo único que debía hacer, era aceptar que errar es humano. Y convivir con el error, hace al fútbol, el deporte más apasionante del mundo.

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A destiempo

Nadie supo leerlo

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Nunca pudo sentir sus dedos en la cara interna del alma, pero sí en los límites de la tolerancia. Le acariciaba su frontera jugando con el fuego interno que tenía.

Desconocía el sabor de la ironía, siempre postergado por su amor por los fideos. Lloraba de soledad, pero gritaba en el tumulto. Siempre entendió que encontrarse era un arma de doble filo.

En sus últimas horas se debatía si lo que sentía era amor u obsesión. Desarrolló en un cuaderno Gloria con una letra inteligible. Se pueden leer hoy algunas líneas: “Qué es el amor sino una obsesión por fusionarse con un otro siempre tan otro, deglutirlo. Hacerlo propio. Completar una falta absurda. Entonces no es el amor otra cosa que una necesidad egoísta de buscar una presa para saciar una ausencia. Ergo, la obsesión por no morirse interna y externamente se transforma en un sentimiento rebuscado, trastocado, embellecido que definimos como amor”.

Sus rutinas eran sagradas y tranquilizadoras. Los espacios en su hogar se mantenían iguales con el paso de los años. “Lo visité hace unos años y era como si el tiempo no hubiera pasado. Nos encontramos en el supermercado un jueves a las 10, de casualidad, y recordé que siempre salía cada semana a esa hora. Lo acompañé hasta su casa porque cargaba muchas cosas y apenas me asomé por su puerta era como si el tiempo no hubiera pasado. Los muebles, la pintura, el orden, la limpieza. Todo igual. El reloj no corría en su casa. La vida parece que sí”, aseguró un vecino.

Leyó demasiados libros pero nadie lo supo descifrar.

Era un erudito en la cuestión de trenes. Tenía libros, manuscritos, informes por toda la casa. Podía romper su timidez para meterse en conferencias para escuchar algo relacionado al tema. Nadie podía sostenerle una conversación por más de dos minutos. ¿Quién sabe cómo funciona internamente un tren o cuántos tipos de trenes hay? ¿Cómo poder meter un bocadillo ante tanto conocimiento? Sus conversaciones era más exposiciones que otra cosa.

Sintió que la pasión que le ofreció fue un tren pasando por su pecho. Nunca pudo desconectarse totalmente de su interior pero cuando asomaba por fuera de su piel sentía algo único. “No conozco su voz, pero bien que hablan sus labios”, dice en una hoja. En otro parte del mismo cuaderno exponía algo más largo: “El desamor es la manifestación más palpable del olvido. Allí nos damos cuenta que todos seremos olvidados por una, dos, diez o miles de personas.

El tiempo siempre será aliado del desvanecimiento de lo que recordamos. Es como el tren que pasa por un pueblo. Todos lo identifican: sus horarios, el ruido, como el temblor que produce al pasar y al irse. Pero cuando el tren deja de pasar su sonoridad, su expresión en la tierra será, en principio, distorsionada por los sentidos. Después, eliminada del cuerpo. Las vías serás tapadas por el pasto y sus huellas comidas por el yuyal. Las estaciones serán espacios de distracción para curiosos, un espacio para que indigentes duerman o un lugar de construcción infantil tal como un circuito de bici o de skate.

Todos (¿todo?) seremos un rebote de un eco cada vez más pequeño que se irá disminuyendo. Entonces cómo podemos esperar que el desamor no venga a ponerle palabras a lo inevitable. Por ahora siento el silbido del tren y un hormigueo en las piernas que no recordaré- seguramente- en algunas semanas o meses”.

Estuvieron revisando su casa antes de venderla, todo estaba impoluto. Tal vez algo de tierra inédita cambiaba el escenario. Sin embargo, lo que ya entraron alguna vez dice que todo está igual. Sus trenes se habían oxidado como sus rutinas.

Murió de un infarto. Falleció con autismo. Y nadie supo leerlo.

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A destiempo

El Tango, testigo social y político de la R. A.

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Por Alberto Jaimez

Los Corrales Viejos. Nuevamente el límite y el margen. ¿Una franja liberada? Allí comienza o termina la gran ciudad. Como siempre, depende desde dónde se mire. Aquí se abre la inmensa pampa argentina o llegamos a los “Corrales”. Depende, también, si se va o se viene.

En esa franja “acampan” los hombres del tango y el lunfardo, del coraje y el cuchillo, de la soledad de muchos en compañía de otros tantos, de la nostalgia y la esperanza, del mito heroico y de la realidad amarga. Noches de fogones y guitarras ven brotar, en la luz tenue, notas con aires misturados de milongas, habaneras y candombes. Notas de musicalidad alegre. Alegría que mitiga la dureza de la jornada y va apaciguando la angustia lentamente. Lentamente se van apagando los fogones.

¿Quiénes somos? se habrán preguntado los soldados que “pararon los malones”; los gringos vomitados por los barcos, que ni entre ellos se entendían; los negros o pardos o mulatos; los arrieros de las penas propias y las vacas ajenas; los que delinquieron en defensa propia; las prostitutas baratas o las soldaderas, otrora reinas de los fortines, y las indias prostituidas por los “blancos”, la injusticia, el desarraigo, el hambre y la pobreza. ¿Quiénes somos ahora que somos nadie?

En ese pedazo de tierra cada “macho” muestra su destreza. Piernas ágiles, caderas que articulan, torso y cabeza erguidos. Macho con macho. Compartiendo, compitiendo e imitando la cadenciosa y ritual danza de los
hombres de color.

La soledad del sin amor empuja a los hombres con su música y su danza hacia los umbrales mismos del misterio. Entran buscando afecto. Ahora bailan con mujeres eso que le llaman tango. En el “queco” entregan su energía y su esperanza. Luego parten con el pecho y las manos vacías. Con más soledad y menos amor caminan de regreso.

Poco a poco irá surgiendo una copla picaresca que eluda y aluda a lo deseado. Prosaico es el lenguaje que habla de lo que se adolece, de lo que se añora. Así surgen “Dame la lata”, “El queco” y “La clavada”, “La cara de la luna”.

Es pobre la voz del tango. Es pobre la música del tango. Es prostibulario el tango. Son pobres los hombres y las mujeres del tango. La muralla imaginaria de la ciudad y de las “casas bien” están alertas, no vaya a ser que las “chicas bien” se den el gusto de escuchar el deseo, de sentir el deseo, de bailar el deseo.

Nadie se dio cuenta del pequeño “Caballo de Troya” que recorría las calles. Nadie vio el peligro en el ingenuo organito que desgranando notas pegajosas hacía filtrar al tango por ventanales y canceles. Con él, las jóvenes también bailaron solas, frente al espejo, lo prohibido. Muchos y muchas lo escuchaban y lo bailaban, pero, en la más cruel hipocresía, nadie, sólo el populacho, conocía y compartía al tango.

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A destiempo

La resistencia de los sueños

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Los sueños se vuelven pesadillas cuando no se van. ¿Quién cargó en este cuerpo sueños ajenos o inventados? Nadie me preguntó si los quería o no. No hubo opciones, me los metieron de prepo en el cuerpo y los siento ávidos de realización. Cuando me doy por vencido ellos me levantan y me empujan. Bien. ¿Y si no quiero levantarme, renovarme, probar la resiliencia?

Debiera haber una opción de reiniciarse, purificarse o desintoxicarse. Los sueños como toxinas. Una manera artificial de deshacerse de la muerte. Ya el mundo es bastante hostil como para enfrentarse a sueños fuertes de salud. Cargosos, intensos, de reflejo cotidiano. A veces me gusta, pero otras tantas prefiero hundirme en oleajes de tristezas elegidas y tirar la toalla blanca. Y pasar de página.

Por acá andamos de sueño en sueño, enajenado, deseando ser Napoleón con su Waterloo. Y que ahí queden todas las miserias en batallas irremontables. Qué lo parió, otro sueño.

Entonces parece que para perder lo impuesto, lo supuestamente saludable, hay que morir para que desaparezcan. Ya me veo jugando a la ruleta rusa con cinco sueños y una pesadilla.

¿Qué son los sueños? ¿Una maquina emocional, un deseo de realización, una dosis diaria de clonazepam, un experimento, o tal vez será un (mal) escape? ¿Y si no son nada? De hecho, no están materialmente.

Siempre los sueños ajenos están mejores y nadie nos invita a vivirlos. Ay, lo otro. Inaccesible.

Hoy me cuesta encontrarme los pies pero sé que dentro de un rato se me perderá esta descompostura y estaré haciendo lo que me gusta; lo que me mata. Amando y sufriendo. Soñando con un reloj de púas. Avanzando y perdiéndome. Naciendo, desapareciendo.

Quizá esta rebeldía es solamente el resultado de un desperfecto, una rotura de alguna fibra intima. O capaz ni una mierda, y todo sea tan tan tan difícil que no quede otra que soñar, aunque te atraviese, para que esto, sí esto, valga la pena. Capaz a lo largo de este respirar podamos cambiar, canjear un par de estas estúpidas utopías por unas realidades que hagan la diferencia. No por nosotros. Sino por los otros que quedarán. Ay, los otros. Ahí es cuando los sueños se transformarán en recuerdos. Y, posiblemente, hayamos ganado la batalla.

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