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A destiempo

Y será justicia…

Tradición popular

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Por Alberto Jaimez

Tengo el presentimiento de que hoy voy a tener suerte, pensaba Ramón mientras caminaba  a la misma velocidad que iban sus pensamientos. Como si sus zapatos tuvieran vida propia, o ya conocieran el camino, sus pasos se dirigían a la Sociedad Española de Socorros Mutuos. “Pavada de nombre”, pensaba el caminante. “Qué socorros mutuos si a mí ya no me ha quedado ni un pucho en la oreja, como dice el tango. ¡Pero esta noche voy a tener suerte, voy a romper la racha!”

Se sentó en la misma mesa y en la misma posición de siempre: con la espalda hacia la pared; “uno nunca sabe”, se decía a sí mismo. Comenzó a jugar con el mazo nuevito, ese que siempre se abre antes de jugar por dinero, mientras su compañero y contrincantes se acomodaban en sus lugares. “Esta noche voy a tener suerte”, repetía en silencio.

“Poniendo la plata sobre la mesa, no vaya a ser que no haya resto y me dejen colgado, hoy es mi día de suerte y los voy a pelar, jajaja”, reía Ramón.
La partida era de truco, con flor y todo. Hombres hábiles con las manos, con la mente y la mentira. Para dos o tres mirones, estos truqueros eran verdaderos poetas. Dijo uno de ellos: “Por aquí pasó, señor, la gata que usted buscaba, con una flor en la oreja, que san puta la llevaba”. Ramón, como quien no quiere la cosa  le respondió: “La gata que usted menciona, y esté atento con esto, en la oreja llevaba una contraflor al resto”. Se
pudo semblantear la duda en los adversarios y, por orgullo, no pudieron recular.

Ramón sujetaba su corazón, que parecía salírsele de la boca cuando dijo 38…, “y de mano”, agregó. Justo cuando Ramón intentaba recoger lo ganado, entró la yuta al mando del comisario Robledo. “¡Nadie se mueva y las manos sobre las mesas!”, gritó a lo milico que era. Los botones, que eran varios, bolsa en mano, echaban todo adentro: porotos, las cartas y la guita y, con todo eso, hasta los mirones subieron  al camión que los llevó
derechito a la Primera, donde podía leerse en el frontispicio, con letra bien grandes: “La Policía es brazo que ampara y no puño que golpea”.

Sólo quedaba tener paciencia, claro, era la madrugada del sábado, pensión hasta el lunes por lo menos, y nadie que avise en casa, se comentaban los timberos. Pero como todo llega, también llegó el lunes y todo fue a parar al despacho del juez, quien parecía muy preocupado, caminaba y pensaba, siempre alrededor de su escritorio, tomándose la barbilla con la mano derecha mientras la izquierda hacía ademanes como si estuviera hablando con alguien.

Pasado un tiempo más que prudencial, se sentó frente a la Olivetti  y él mismo redactó el fallo que rezaba: “Puesto que el truco no es un juego de azar, es un juego nacional, de ingenio, astucia e inteligencia, no constituye un vicio ni contribuye a la vagancia, ordeno se deje libre a los detenidos y se les reintegre el dinero, las cartas y los porotos.” Será justicia.

El comisario, sin más, cumplió lo ordenado y fue soltándolos por orden alfabético, entregándoles las pertenencias mencionadas por Su Señoría. Uno de los mirones que la ligó de arriba y que nunca se podía quedar callado dijo en vos alta: “al final, el comisario no era tan malo…”. Ramón, como si hubiera resucitado de entre los muertos y masticando las palabras con la bronca, habló y fue como una sentencia: “Es un boludo, mirá que arruinó mi día de suerte”.

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A destiempo

Nadie supo leerlo

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Nunca pudo sentir sus dedos en la cara interna del alma, pero sí en los límites de la tolerancia. Le acariciaba su frontera jugando con el fuego interno que tenía.

Desconocía el sabor de la ironía, siempre postergado por su amor por los fideos. Lloraba de soledad, pero gritaba en el tumulto. Siempre entendió que encontrarse era un arma de doble filo.

En sus últimas horas se debatía si lo que sentía era amor u obsesión. Desarrolló en un cuaderno Gloria con una letra inteligible. Se pueden leer hoy algunas líneas: “Qué es el amor sino una obsesión por fusionarse con un otro siempre tan otro, deglutirlo. Hacerlo propio. Completar una falta absurda. Entonces no es el amor otra cosa que una necesidad egoísta de buscar una presa para saciar una ausencia. Ergo, la obsesión por no morirse interna y externamente se transforma en un sentimiento rebuscado, trastocado, embellecido que definimos como amor”.

Sus rutinas eran sagradas y tranquilizadoras. Los espacios en su hogar se mantenían iguales con el paso de los años. “Lo visité hace unos años y era como si el tiempo no hubiera pasado. Nos encontramos en el supermercado un jueves a las 10, de casualidad, y recordé que siempre salía cada semana a esa hora. Lo acompañé hasta su casa porque cargaba muchas cosas y apenas me asomé por su puerta era como si el tiempo no hubiera pasado. Los muebles, la pintura, el orden, la limpieza. Todo igual. El reloj no corría en su casa. La vida parece que sí”, aseguró un vecino.

Leyó demasiados libros pero nadie lo supo descifrar.

Era un erudito en la cuestión de trenes. Tenía libros, manuscritos, informes por toda la casa. Podía romper su timidez para meterse en conferencias para escuchar algo relacionado al tema. Nadie podía sostenerle una conversación por más de dos minutos. ¿Quién sabe cómo funciona internamente un tren o cuántos tipos de trenes hay? ¿Cómo poder meter un bocadillo ante tanto conocimiento? Sus conversaciones era más exposiciones que otra cosa.

Sintió que la pasión que le ofreció fue un tren pasando por su pecho. Nunca pudo desconectarse totalmente de su interior pero cuando asomaba por fuera de su piel sentía algo único. “No conozco su voz, pero bien que hablan sus labios”, dice en una hoja. En otro parte del mismo cuaderno exponía algo más largo: “El desamor es la manifestación más palpable del olvido. Allí nos damos cuenta que todos seremos olvidados por una, dos, diez o miles de personas.

El tiempo siempre será aliado del desvanecimiento de lo que recordamos. Es como el tren que pasa por un pueblo. Todos lo identifican: sus horarios, el ruido, como el temblor que produce al pasar y al irse. Pero cuando el tren deja de pasar su sonoridad, su expresión en la tierra será, en principio, distorsionada por los sentidos. Después, eliminada del cuerpo. Las vías serás tapadas por el pasto y sus huellas comidas por el yuyal. Las estaciones serán espacios de distracción para curiosos, un espacio para que indigentes duerman o un lugar de construcción infantil tal como un circuito de bici o de skate.

Todos (¿todo?) seremos un rebote de un eco cada vez más pequeño que se irá disminuyendo. Entonces cómo podemos esperar que el desamor no venga a ponerle palabras a lo inevitable. Por ahora siento el silbido del tren y un hormigueo en las piernas que no recordaré- seguramente- en algunas semanas o meses”.

Estuvieron revisando su casa antes de venderla, todo estaba impoluto. Tal vez algo de tierra inédita cambiaba el escenario. Sin embargo, lo que ya entraron alguna vez dice que todo está igual. Sus trenes se habían oxidado como sus rutinas.

Murió de un infarto. Falleció con autismo. Y nadie supo leerlo.

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A destiempo

El Tango, testigo social y político de la R. A.

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Por Alberto Jaimez

Los Corrales Viejos. Nuevamente el límite y el margen. ¿Una franja liberada? Allí comienza o termina la gran ciudad. Como siempre, depende desde dónde se mire. Aquí se abre la inmensa pampa argentina o llegamos a los “Corrales”. Depende, también, si se va o se viene.

En esa franja “acampan” los hombres del tango y el lunfardo, del coraje y el cuchillo, de la soledad de muchos en compañía de otros tantos, de la nostalgia y la esperanza, del mito heroico y de la realidad amarga. Noches de fogones y guitarras ven brotar, en la luz tenue, notas con aires misturados de milongas, habaneras y candombes. Notas de musicalidad alegre. Alegría que mitiga la dureza de la jornada y va apaciguando la angustia lentamente. Lentamente se van apagando los fogones.

¿Quiénes somos? se habrán preguntado los soldados que “pararon los malones”; los gringos vomitados por los barcos, que ni entre ellos se entendían; los negros o pardos o mulatos; los arrieros de las penas propias y las vacas ajenas; los que delinquieron en defensa propia; las prostitutas baratas o las soldaderas, otrora reinas de los fortines, y las indias prostituidas por los “blancos”, la injusticia, el desarraigo, el hambre y la pobreza. ¿Quiénes somos ahora que somos nadie?

En ese pedazo de tierra cada “macho” muestra su destreza. Piernas ágiles, caderas que articulan, torso y cabeza erguidos. Macho con macho. Compartiendo, compitiendo e imitando la cadenciosa y ritual danza de los
hombres de color.

La soledad del sin amor empuja a los hombres con su música y su danza hacia los umbrales mismos del misterio. Entran buscando afecto. Ahora bailan con mujeres eso que le llaman tango. En el “queco” entregan su energía y su esperanza. Luego parten con el pecho y las manos vacías. Con más soledad y menos amor caminan de regreso.

Poco a poco irá surgiendo una copla picaresca que eluda y aluda a lo deseado. Prosaico es el lenguaje que habla de lo que se adolece, de lo que se añora. Así surgen “Dame la lata”, “El queco” y “La clavada”, “La cara de la luna”.

Es pobre la voz del tango. Es pobre la música del tango. Es prostibulario el tango. Son pobres los hombres y las mujeres del tango. La muralla imaginaria de la ciudad y de las “casas bien” están alertas, no vaya a ser que las “chicas bien” se den el gusto de escuchar el deseo, de sentir el deseo, de bailar el deseo.

Nadie se dio cuenta del pequeño “Caballo de Troya” que recorría las calles. Nadie vio el peligro en el ingenuo organito que desgranando notas pegajosas hacía filtrar al tango por ventanales y canceles. Con él, las jóvenes también bailaron solas, frente al espejo, lo prohibido. Muchos y muchas lo escuchaban y lo bailaban, pero, en la más cruel hipocresía, nadie, sólo el populacho, conocía y compartía al tango.

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A destiempo

El justiciero

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Marcos amaba el fútbol. Era el chico que más amaba este deporte, en todo el pueblo. Vivía para el fútbol. Se levantaba pensando en escaparse del colegio para ir a correr detrás de la vieja pelota. El descampado de unas cuadras de distancia de su casa, era el coliseo donde un grupo de amigos, se juntaba a patear. Marcos no quería perder. No soportaba perder. Era un competidor nato.

Un día cualquiera, Don Franco golpeó las manos de la casa de Marcos y le pidió al padre, que dejara al joven formar parte de la escuela de fútbol que tenía. Le contó, que la Escuela participaba de una competencia que albergaba a todas las instituciones de la zona. Marcos aprendería a competir de verdad, dónde ganar y perder son monedas corrientes y podía ayudarlo con su carácter. El padre aceptó, siempre y cuando Marcos quisiera jugar y el pibe no lo dudo ni por un segundo.

Empezó a ir a la Escuela y entrenar sin parar. Esfuerzo en la parte física y dedicación y talento a la hora de jugar. Comenzó a amar la casaca Roja, pero no más que al fútbol. En el primer partido oficial, Marcos estaba nervioso. Para el era como debutar en un mundial. El partido fue parejo. Hasta que el pibe tomó un rebote tras un córner y desde fuera del área puso el 1-0. Todo era felicidad. Era más de lo que podía soñar. Pero faltando unos segundos, el delantero rival detuvo un centro con el brazo, dejando la pelota justa para su derecha y empató el partido. Para Marcos el mundo se vino abajo.

No podía creer que el referí no haya visto la infracción y desaforadamente se le fue encima. Nadie sabe de dónde aprendió tantas malas palabras, pero tal fue el tenor de los insultos, que la federación lo expulsó para siempre.

Marcos explicó que no soportó la injusticia. Que el fútbol no merece ser ensuciado por actos fallidos y menos, por arreglos ocultos, si es que los hay. Desde ese día, Marcos decidió ser árbitro. Pero no cualquier Árbitro, el mejor de todos. El pibe se hizo grande y como árbitro comenzó una carrera ascendente. No sé aceptaba equivocarse y eso lo llevaba al límite de la perfección. Empezó a dirigir en otros pueblos y su fama se hizo grande. Tan famoso fue, que se fue a dirigir a la capital y estaba en la cúspide de su carrera.

Era tan conocida su independencia y justicia que la Liga Nacional lo eligió para final del torneo. Solo los elegidos llegaban ahí. Marcos jugaba el partido de su vida. Era la segunda final del torneo Nacional. Atlético visitaba a Deportivo y tenía el 1-0 a su favor. El empate lo consagraba campeón. El 0-1 llevaba a tercer partido. Faltaban segundos y el delantero del Deportivo bajó un centro para su derecha y puso el gol del triunfo. Pero Marcos no señala la mitad de cancha, el pitazo cobra tiro libre indirecto. Cobró mano. Era la misma mano que lo llevó a convertirse en árbitro y el estaba haciendo justicia.

Atlético fue campeón Nacional. La TV mostró que el delantero del Depo la había bajado con el pecho y todos los programas hablaban del árbitro. Si era un incapaz o lo pusieron porque respondía a intereses de alguien en particular. Meses hablando de eso, pero de Marcos no se supo más nada. Algunos dicen que se fue a un pueblito alejado y trabaja en un almacén. Ya no juega al fútbol, ni arbitra y menos lo mira por TV. El quiso ser un justiciero, el justiciero del fútbol. Cuando en realidad lo único que debía hacer, era aceptar que errar es humano. Y convivir con el error, hace al fútbol, el deporte más apasionante del mundo.

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