El punta y hacha Fassi y Kudelka

De moral y malas costumbres saben los dos. De fútbol también. Ambos, en una simbiosis pocas veces vistas, junto a un buen plantel y una hinchada estupenda, llevaron a Talleres desde el infierno hasta el Morumbí de San Pablo.

Andrés Fassi manda ejerciendo la suma del poder público, estableciendo un unicato indigno de una sociedad civil sin fines de lucro. Sin embargo lo hace con solvencia, bajo parámetros antipáticos en estas tierras, pero afianzados en el primer mundo. La gestión se muestra eficaz y, a fuerza del marketing, más exitosa en los medios amigos que en las finanzas y la tabla de la Superliga.

El líder manda y amenaza: “Es como yo digo o me voy”. Establece una democracia indirecta, con representantes que sustituyen a la asamblea de socios y el pueblo matador lo acepta. El hincha tiene memoria y no quiere volver a nadar en la olla del diablo. Ya se hartó de los malos conocidos y cree en los proyectos a la mexicana.

Frank Darío Kudelka es un técnico rígido, al que poco le gustan las críticas. Una personalidad fuerte que se viste en la misma tienda que Fassi. La etiqueta es similar, desde los zapatos hasta la peluquería. Siempre de punta en blanco, Darío y Andrés le dan tanta importancia a las formas, como al fondo y la misa de las nueve. Tratan de hacer el bien, pero más intentan que se note. Que sus victorias trasciendan las cámaras y las cuentas bancarias.

El presidente de Talleres ignoró al exdirector técnico y la multitud se lo cobró desde las tribunas. El entrenador de Newell’s buscó los micrófonos para hacerle saber al mandamás albiazul su bronca por la falta de reconocimiento institucional.

Ambos darán sus argumentos y tendrán razón. Andrés dirá que le pagó fortunas, que le dio todas las condiciones de trabajo y un plantel que daba la talla. Darío retrucará mostrado resultados, un grato recuerdo de sus dirigidos y el amor de los que pagan los boletos. Lo que queda claro es que a los dos se les vio la hilacha, les floreció la mancha de sus costosos trajes y sus lustrosos zapatos.

Uno quiso medir quién la tiene más grande y el otro le tiró la cinta métrica en la cara.

Un abrazo, una plaqueta, una camiseta con las letras DT en la espalda, cuestan menos que un segundo de publicidad en Mundo Talleres. Una sonrisa agradecida al dirigente del club que te hizo fácil el apellido en el país y en Sudamérica, es un gesto de grandeza que la petulancia no equilibra.

Mientras tanto el presidente sin el técnico peregrina los arrabales de la tabla y el DT mira crecer el fantasma del descenso extrañando los tiempos compartidos con su antiguo jefe.

Por Arturo Jaimez Lucchetta

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